Cultura | Granada
Su reino por un caballo
Ricardo III, Adaptación y dirección de Ricardo Iniesta, en el alhambra
José Manuel Ruiz Martínez

Foto: Rafa Simón
Ricardo III es una de las obras más características de Shakespeare. Los clásicos permean el inconsciente colectivo incluso sin haber sido leídos —o vistos en representación—; de esta obra queda en él la maldad absoluta del protagonista (pasa por ser uno de los grandes villanos de la historia de la Literatura), su joroba, su frase inicial “ya el invierno de nuestro infortunio…” —que es también la de la obra—, o la más célebre de todas: “Un caballo, mi reino por un caballo”.
En Ricardo III están también algunos de los temas más nítidamente shakesperianos: el poder, la tiranía, la corrupción política y la violencia asociada a todos ellos; la ambivalencia del lenguaje. Pero, sobre todo, del texto emerge un personaje fascinante, que habla y al hablar se construye, se piensa y se despeña hacia su propia condenación sin necesidad de un dios que lo juzgue.
El Grupo Atalaya ha conseguido, mediante una propuesta escénica brillante, que la esencia de la obra, justamente lo que tiene de intemporal, permanezca y aun quede subrayado, decantando aquellas partes del clásico más apegadas al contexto de su época y más difíciles de asimilar para nuestra sensibilidad estética: el tono retórico elevado, los apartes o, incluso, algún momento de inverosimilitud desde nuestros presupuestos realistas, como cuando Ricardo, feo y deforme, es capaz de seducir con palabras a la mujer que lo odia por haber asesinado a su padre y a su marido ante el cadáver de éste último, presto a ser llevado a enterrar. Gracias a una aplicación rigurosa e inteligente de planteamientos teatrales de vanguardia (históricos ya, de hecho), Atalaya y su director, Ricardo Iniesta, consiguen la paradoja de renovar escénicamente a Shakespeare desde un respeto esencial al texto para que sea más él mismo; para que el espectador pueda descubrir su violencia y su ambigüedad poéticas en estado puro.
Así, toda la escenografía se construye a partir de un único elemento que constituye, a la vez, una suerte de símbolo de las líneas de fuerza principales de la obra: una serie de grandes triángulos isósceles como hojas de espada que hacían las veces de asientos en un posible salón de trono, de árboles en un bosque sugerido o incluso de armas descomunales en manos de los actores. En conjunto estos triángulos afilados remitían a la violencia que impregna toda la obra; también podían percibirse como los picos de una corona, sinécdoque del poder, razón última de todos los acontecimientos, deseos y palabras de los personajes.
El trabajo actoral fue sobresaliente. Los actores superaban lo artificioso de sus parlamentos, no ocultándolo, sino subrayándolo con su cuerpo y con el movimiento escénico, que resultó en todo momento muy complejo y bien llevado. En este caso, uno de los recursos de esta compañía, los movimientos grotescos, expresionistas, encajaban a la perfección en el planteamiento escénico de superación de los límites del realismo que pedía la mencionada decantación de la obra, e implicaban un correlato a su violencia esencial (con todo, a veces se acercaban al extremo en el que podía producirse un efecto cómico indeseado, algo que suele sucederle a esta compañía; esta vez, a diferencia de otras, este exceso fue mínimo). Los monólogos de Ricardo —fantástica actuación que fue de menos a más— apostrofando al público, se subrayaban en vez de matizarse mediante el recurso de subir el actor por entre las butacas; los apartes de los personajes, mediante una iluminación directa a la cara de estos que dejaba al resto de la escena en completa oscuridad. La vieja Reina Margarita, un personaje casi fantasmal que en la historia real estaba presa y en la obra deambula como la conciencia maldita de los personajes, aparece aquí como un verdadero espíritu maligno que porta su propia prisión, una férula metálica que luego pasa a la reina Isabel como símbolo de desgracia.
A lo largo de toda la obra la presencia de la música fue constante (a veces con un punto demasiado obvio o kitsch, sobre todo en el mismísimo final, un remedo de ralentización cinematográfica que bordeaba peligrosamente lo cursi), con momentos incluso de polifonía magníficamente interpretados por los actores; también hubo danza o mimo que simulaba la guerra, el sexo, la violencia, la manipulación psicológica… En definitiva, la obra constituyó todo un espectáculo en el sentido más elevado de la palabra, puesto al servicio de un clásico. La impresión final era esa: la emoción profunda de haber asistido a la representación de un clásico. Sin duda, una de las grandes ocasiones del teatro Alhambra.
Tweet
