Cultura

Sombras de bohemia

'La noche de Max Estrella', a partir de Luces de Bohemia, en el Teatro Alhambra

José Manuel Ruiz Martínez

Foto: Radael Simón

La noche de Max Estrella bien podría ser el subtítulo de la obra de Valle-Inclán en la que, fielmente, se basa: Luces de Bohemia. Pues en ella, efectivamente, asistimos a la noche en que este poeta, genial, maldito, malogrado, “hiperbólico andaluz” —inspirado en la figura real de Alejandro Sawa—, realiza su particular viaje a los infiernos del Madrid “absurdo, brillante, hambriento” de la bohemia, para concluir en el callejón del gato, con la súbita revelación de que la realidad española sólo puede explicarse a través de una poética de espejos deformantes, es decir, a través del esperpento.

Llevar a escena un clásico absoluto, una de las obras fundamentales del teatro español, es tarea difícil, y máxime si se trata de una obra como ésta, con resabios de novela dialogada o guión cinematográfico, en donde hasta las acotaciones están transidas de poesía. La propuesta de Francisco Ortuño es arriesgada e interesante: puesto que Max Estrella es el protagonista absoluto de la obra, el Ulises de esta Odisea mugrienta, española y lírica, el director lo ha dejado solo en escena y ha tratado de transmitir al espectador su punto de vista de lo que sucede; que éste, casi, pueda ponerse en su piel de viejo ciego, ebrio, alucinado. Para ello ha colocado un gobelino translúcido ante la escena, como un telón de gasa donde se producen proyecciones abstractas: manchas en movimiento, roturas, goteos. El espectador ve la escena a través de dicho telón, que sólo caerá, rasgado por Max, en el momento culminante de la obra. El fondo de la escena es análogo, también a base de abstracciones en movimiento. De modo que la realidad, como para el ciego Max, emerge de los diálogos, y de algunas acotaciones del texto que, por su belleza, no desmerecen en la boca del poeta. El grado de identificación de la ceguera del protagonista con la del espectador es uno de los grandes logros del montaje: los otros personajes de la obra, numerosos, solamente son voces; la única presencia es la de Max Estrella. Los objetos (el dinero, el billete de lotería) aparecen a la vista cuando Max los toca, y cada escena, como decimos, está transida de bruma y abstracción. Quizá el problema estriba en que se trata de un montaje demasiado pensado para quién conozca la obra, que lo disfrutará. Quien la vea por primera vez puede perderse, sobre todo al principio en el que, quizá para reforzar el aire expresionista de la obra, se abusa de la música estridente y de la deformación de las voces, algo innecesaria (hasta el punto de que a veces no se entiende lo que se dice); de hecho, conforme avanza la obra, se va prescindiendo por suerte de éstos efectos. Tampoco se entiende la arbitrariedad de algunas proyecciones, como el cubo tridimensional que gira en el encuentro de Max Estrella con Rubén Darío, y que rompe la imprecisión de las proyecciones precedentes, o la presencia del bafle del que emergen todas las voces y efectos —y en el que a veces, incluso, se sienta Max Estrella— , y que no se disimula en una obra donde nada invita a que se vea el artificio teatral. Ninguno de estos detalles llega no obstante a empañar el rigor de la propuesta.

Con todo, lo mejor de la obra es sin duda la interpretación de Carlos Álvarez-Novoa. Solo es escena, como decimos, todo el peso de la obra recae sobre él, y él consigue conjurarlo y convertirse en el vórtice y el motor de esta pesadilla. Parecería que Valle-Inclán la hubiera escrito para él. Está efectivamente hiperbólico y humano al tiempo, sin perder ningún matiz —desde lo mezquino a lo sublime— del magistral personaje. Cuando enunció en la boca del escenario la definición del esperpento, consiguió que el verbo de la mejor literatura española se encarnara, y pudo sentirse una emoción análoga a la de estar frente al Guernica, o escuchando un motete de Victoria. Magnífica propuesta del Centro Andaluz de Teatro, exigente con el público —pero eso es mejor que su contrario— y respetuosa, en el mejor sentido del término, que no excluye la trasgresión— con el clásico.

 

La noche de Max Estrella. A partir de Luces de Bohemia, de Ramón del Valle-Inclán. Centro andaluz de teatro en colaboración con el centro dramático gallego. Propuesta escénica, dramaturgia y dirección: Francisco Ortuño Millán. Interpretación: Carlos Álvarez-Nóvoa.


Granada Digital no se hace responsable de los comentarios expresados por los lectores y se reserva el derecho de recortar, modificar e incluso eliminar todas aquellas aportaciones que no mantengan las formas adecuadas de educación y respeto. De la misma forma, se compromete a procurar la correcta utilización de estos mecanismos, con el máximo respeto a la dignidad de las personas y a la libertad de expresión amparada por la Constitución española.