Cultura | Granada

Lorca de oficio

“Teatro para un instante” representa de forma regular el teatro de Lorca desde 2002

José Manuel Ruiz Martínez

Foto: Rafael Simón

La figura de Federico García Lorca está indisolublemente unida la ciudad de Granada —aunque naciera en Fuente Vaqueros— como la de Shakespeare lo está a Londres —aunque naciera en Stratford-upon-Avon—. Y, al igual que resultaría inconcebible que no existiera una programación estable de Shakespeare en Londres, sería cuando menos extraño no poder disfrutar del teatro de Lorca en Granada con cierta asiduidad.

La compañía Teatro para un instante, fundada en 1983, es la encargada de suministrar ese Lorca indispensable — como una suerte de respiración natural de la cultura en Granada—, ese Lorca de oficio, cuando, sin renunciar a otras propuestas y autores, a partir de 2002, con el patrocinio del Área de Cultura del Ayuntamiento, se especializa en la creación de un corpus lorquiano estable y una programación continuada de su producción dramática, sobre todo en la ciudad, pero también allí donde se le solicite.

Ya tuvimos ocasión de hablar de su versión de Así que pasen cinco años; en esta segunda quincena de abril han llevado a escena otras dos obras en las que han demostrado su oficio: Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores, y Bodas de sangre.

La principal característica que define el trabajo de Teatro para un instante y de su director, Miguel Serrano, es la versatilidad: si Así que pasen lo resuelven con un montaje fuertemente vanguardista y libérrimo, en consonancia con al carácter “imposible”, y transgresor de la obra, en Doña Rosita realizan por el contrario un montaje realista (costumbrista más bien), deliberadamente cursi y que se complace en subrayar el granadinismo de los personajes —también acorde con el original lorquiano—, y en Bodas de sangre optan por un despojamiento escénico que subraya el carácter de tragedia esencial, con fuertes ecos clásicos, que evoca esta obra. También tiene en cuenta Miguel Serrano a la hora de llevar a escena las obras de Lorca su cualidad de espectáculos totales con una fuerte presencia del verso, la música y el baile; queda muy bien resuelto en Doña Rosita ese carácter que tiene de melodrama literal, con la presencia de interludios “musicales” que se entreveran en la trama: así, la escena de las Manolas se presenta como un auténtico número musical independiente, a telón cerrado, y la canción del “lenguaje de las flores” se inserta de modo natural, diegético, en el discurrir del acto; ello sin olvidar tampoco el “duelo de décimas” que se produce entre Rosita y el primo, entre apasionado y cursi, y que, subrayada escénicamente la pasión por los movimientos de los actores, queda como lo que es: un dúo operístico de amor, sólo que con la única música de las palabras medidas y rimadas. Y, por supuesto, el empleo del “romance de la rosa” como leitmotiv continuado, cantado en diversos estilos para representar el paso del tiempo, y también para subrayar que la rosa del poema, mudable y efímera, no es sino Rosita, prisionera en la fugacidad interminable de su espera. Por su parte, en Bodas de sangre, donde el verso y la canción (nanas, cantos de boda) también están muy presentes, ocurre otro tanto: los miembros de Teatro para un instante no se arredran a la hora de cantar y bailar y la boda se convierte en lo que debe ser, una auténtica fiesta con, en este caso, pertinentes toques báquicos en consonancia con el aire clásico de toda la propuesta. Quizá menos afortunada sea la resolución de la nana en la que, si bien pretende reflejarse la anticipación angustiada que sienten los personajes por los acontecimientos terribles que van a producirse, lo cierto es que en con la estridencia y el crescendo pierde su carácter original, callado y lírico (vamos, que difícilmente van a dormir a la criatura a fuerza de gritos y disonancias).

Otra característica notable de la escenografía de Serrano es el empleo de los recursos escénicos a su alcance para significar al margen del texto (eso es justamente una puesta en escena y no otra cosa). A veces son detalles magistrales, como ese reloj que queda solo en mitad de la escena y que es la última cosa que saca Rosita de la casa, y que constituye la clave de su tragedia y el verdadero protagonista de la obra; otras veces se trata de un complejo movimiento escénico, como el que se produce en el clímax de Bodas de sangre cuando la madre reclama venganza y divide a las familias en dos bandos, en una escena terrible y emocionante que consigue crear un efecto verdaderamente impresionante, donde además se revela el carácter de personaje trágico de la madre, la hybris que le impide, aunque por un momento dude, detener a su hijo a sabiendas de que lo empuja a la violencia y la muerte; o la onírica y ominosa escena de la caza, muy bien resuelta mediante la ocultación de la escena por un velo. También resulta muy acertado en Bodas, en la apuesta por vincular la obra con la tragedia clásica, la presencia continua de una suerte de coro griego, que adelanta los parlamentos de los personajes que constituyen ideas claves en el desenvolvimiento de la trama; menos acertado es quizá el empleo de algunos personjes “dobles”, que van como siameses y hablan a la vez (cumpliendo, entendemos, una función semejante a la del coro) en sustitución los criados y que introducen ruido sin aportar nada nuevo; o la forma de “desaparecer” del ya citado coro de escena por la vía del desmayo colectivo y repentino que, por ejemplo, en la boda, rompe el ritmo de la fiesta. También a veces se le va a Serrano la mano con los subrayados: en Doña Rosita, el exagerado carácter grotesco de las solteras y su cursilería (que sin embargo, las cosas como son, divirtió al público a rabiar); o lo excesivamente arisco de la novia con el novio justo antes de fugarse en Bodas y que no responde a la mayor ambigüedad de las acotaciones lorquianas. Pero sin duda nada de esto la inventiva y el atrevimiento general de las propuestas.

Por lo que respecta a los actores, éstos consiguen transmitir el entusiasmo de la verdadera vocación. Inevitable ceñirnos a los protagonistas de cada obra, magníficamente arropados por el resto (en especial, en la compleja labor coreográfica de conjunto de Bodas). Tres ejemplos: la soberbia recreación del personaje de Rosita por Carmen Huete, que al principio de la obra es una niña, ingenua y algo pava, y que termina siendo una mujer lúcida y entera que asume su destino —estupendo, ahí, el tratamiento por parte de la actriz de la voz, que hace pasar de lo atiplado a lo grave—. La interpretación de Nuhr Jojo como la novia en Bodas, que lucha infructuosamente contra la fuerza del deseo “como un golpe de mar”. Y, en ambas obras, la actuación de Carman Galdeano, criada en Rosita y Madre en Bodas: castiza y divertida en una, atemporal y terrible en otra, siempre visceral y excelente.

Granada cuenta con una temporada teatral envidiable, e importantísimas compañías que la visitan periódicamente, a veces con gran aparato y nombres-reclamo provenientes de las series de televisión. Pero el verdadero pulso teatral de una ciudad se percibe en una compañía como Teatro para un instante, que ofrece propuestas inteligentes y apasionadas interpretaciones y nos proporciona —entre otros autores— el Lorca de oficio, el Lorca de guardia, el teatro cotidiano, la cultura de día laborable, tan necesaria para una ciudad como la respiración para sus habitantes.


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