Cultura | Granada
La moral de siervo a escena
Glengarry Glen ross en el teatro alhambra
Redacción GD
Un elenco de grandes actores ponen en pie en el Teatro Alhambra una obra del conocido director de cine estadounidense David Mamet sobre el materialismo sin escrúpulos y la competitividad extrema.(Por José Manuel Ruiz/Fotografía Rafael Simón)

Es frecuente calificar a una película de “teatral” queriendo decir con ello que ésta parece una obra de teatro filmada (por ejemplo, sucede en un único escenario y abunda el diálogo). Sin embargo, en el caso de Glengarry Glen Ross nos encontramos ante la rareza, al menos para el que esto escribe, de lo contrario: de una obra que acusa una clara influencia cinematográfica; que parece cine “representado”: tanto por la puesta en escena realista y espectacular, que en la segunda parte se traduce en la recreación de una oficina con todos los detalles (mesas, lámparas, archivadores, máquina de café: pocas veces antes se ha visto un despliegue semejante en el teatro Alhambra) e incluso profundidad de campo gracias a una disposición en cuña, como por el verismo de los diálogos entre los distintos personajes, quienes se interrumpen unos a otros, a veces hablan de intrascendencias, son groseros, gritan… Al igual que en una película, el espectador se ve inmerso en la ilusión de estar presenciando un fragmento de realidad que se le presenta directamente, sin mediación de ningún tipo, con el artificio reducido a su mínima expresión. De hecho, alguno de los diálogos, por su intensidad, en ocasiones parecían estar pidiendo un “montaje” en planos cortos con alternancia de plano/contraplano para cada uno de los interlocutores, y casi estorbaba ver el escenario, la oficina, en su conjunto.
Esta cualidad de Glengarry Glen Ross no es casual: su autor es el conocido guionista y director de cine David Mamet, y la obra (ganadora en 1984 del Premio Pulitzer), en efecto tuvo su versión cinematográfica dirigida por James Foley en 1992 con los actores Al Pacino, Jack Lemon, Kevin Spacey y Alec Baldwin (en España se llamó El precio de la ambición). En este caso, el elenco de actores que la representan, mutatis mutandis, está entre lo mejor (y también lo más conocido gracias algunas series de televisión de éxito) del panorama español: cabe destacar a Carlos Hipólito, Gonzalo de Castro o Ginés García Millán de entre los siete hombres que representan la obra (esperemos que no se entere la Ministra Aído o es capaz de suspenderla, y esto, que debería ser una broma, empieza a tener visos de verosimilitud en los tiempos que corren). Y hay que constatar la soberbia interpretación coral que realizan, que es capaz de poner en pie una obra difícil que quizá en manos más inexpertas se sostendría a duras penas, precisamente por carecer de la armazón de un montaje cinematográfico que vaya conduciendo al espectador, centrando su atención. El texto, la situación, la obra en sí, es buena: pero con todo sin duda los actores en esta versión son la obra en la medida en que la encarnan con la naturalidad que requiere su presupuesto hiperrealista, de cine pero sin los apoyos ni muletas técnicas propios de éste, la crudeza de estar en vivo ante el espectador, lo que requiere de muchas tablas, literalmente en este caso.
Por último, creo que es también la sensación de estar viendo cine representado la que le confiere a Glengarry Glen Ross su fuerza moral, que emana de forma espontánea de sus cualidades artísticas: a diferencia de otras obras de teatro (vistas de hecho en el Alhambra) donde al final se cae en la tentación didáctica o moralizante, el desasosiego ante unas relaciones laborales fundadas en la competencia deshumanizada y la ley del más fuerte aparece en el espectador de forma natural ante su misma contemplación. En ningún momento hay un personaje que realice una reflexión en voz alta sobre los males de un sistema injusto y opresivo y de unas condiciones de trabajo indignas: tan sólo hacen lo que tanta gente cada día: trabajan, hablan mal del jefe a sus espaldas, estallan, agachan la cabeza y acatan, se muestran sumisos, abyectos, prepotentes con sus iguales y el espectador no tiene más que asistir como testigo privilegiado -la cuarta pared que desaparece y nos deja ver lo que habitualmente no podemos-, comprender, asentir y sentirse identificado.
Glengarry Glen Ross.
Teatro Español.
Autor: David Mamet.
Versión y dirección: Daniel Veronese.
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