Cultura
“¡Calla, paya!”
Gitanas analfabetas interpretan el clásico lorquiano
José Manuel Ruiz Martínez
La casa de Bernarda Alba de TNT-El Vacie parte de una premisa verdaderamente sorprendente, y que implica todo un desafío escénico: que una obra semejante sea representada por un grupo de mujeres gitanas analfabetas y asumir las dificultades y contradicciones que esto implica.
Ante esta tesitura, libremente elegida, el gran acierto de la propuesta es no renunciar a la herencia vanguardista del siglo XX, que prima lo conceptual, lo gestual y lo espectacular sobre el texto mismo, sino, justamente, utilizarla para superar las limitaciones de partida. Frente al posible prejuicio de que un grupo de actores con esas características podría no entender un planteamiento escénico vanguardista, y la tentación de realizar un montaje más convencional y más comprensible cuyo resultado sería que a la falta de competencia interpretativa se sumara el quiero y no puedo de un atrezzo de cartón-piedra, aquí se ha optado por explotar las cualidades espectaculares del grupo, su plasticidad y sus aptitudes para el cante y el baile (la música es una constante del montaje).
Las actrices se mueven en un especio simbólico muy simple, muy cuidado, con una iluminación y una escenografía muy precisas, que suple las contradicciones inherentes a la propuesta. Lo que sí tiene que tener claro el espectador si no quiere decepcionarse es que el resultado es una obra diferente de la lorquiana. Aquí la obra eminentemente burguesa (en el mejor sentido del término), culta, sutil, literaria, se desvanece. Salvo la idea general del encierro, del despotismo de la madre y de los deseos reprimidos de las hijas, poco queda de la obra original: por ejemplo, no hay, porque no puede haberla, caracterización psicológica de las hermanas ni de sus relaciones a través de los diálogos. De hecho, entre el grupo de gitanas hay infiltrada una actriz profesional que interpreta a Poncia, la criada. Ella es quien soporta el peso de la obra desde el punto de vista argumental y textual: ella dice todo lo importante para que avance la trama; a veces pregunta y ella misma se responde, aprovechando para contarle al espectador lo que necesita saber; en sus parlamentos es donde se conservan algunas trazas de la poesía original. Las gitanas se limitan a darle réplicas más o menos libres, y a llenar el espacio escénico con su gestualidad.
La actriz profesional dirige literalmente desde dentro al grupo de gitanas, lo que, dicho sea de paso, enrarece la obra, porque la actriz no puede disimular en ocasiones el paternalismo de sus movimientos, la atención excesiva a lo que está pasando. Además, en un contraste muy marcado y que resultaba desconcertante, su actuación resultaba excesivamente profesional, por no decir sobreactuada. El resultado final es por tanto algo inestable: aunque la obra está bien planteada en general, depende demasiado de la actuación concreta de las actrices no profesionales en cada función: de su grado de inspiración o concentración; dicho más llanamente, de cómo se les dé la noche. Esto es un problema lógico de esta obra, dada sus premisas, y al que ya se refirió Alfred Hitchcock en una frase célebre que no voy a repetir aquí por el riesgo (real, dado cómo suelen leerse los textos en Internet) de ser malinterpretado. El espectador puede percibir que todo está muy bien pensado desde fuera —las transiciones, los gestos simbólicos—, pero no siempre se ejecuta en la realidad de la manera más adecuada.
Por último está el público, cuyas reacciones, dada la naturaleza peculiar de esta propuesta, resulta interesante pararse a considerar. Por un lado, en mi opinión, éste tendía a reírse demasiado del acento o expresiones características de las actrices. Es cierto que había momentos deliberadamente cómicos, donde se explotaban ciertos tópicos (María Josefa, la madre loca, llega a ponerse a venderle flores al público); pero en otras ocasiones creo que el efecto escénico que se buscaba era el patetismo mientras que el resultado era también la risa. De todas formas esto es algo que vengo notando en general: el público tiende últimamente a reír más de la cuenta en el teatro, a interpretar lo grotesco o lo expresionista en términos cómicos y no trágicos, quizá por la trivialización general de la alta cultura, que ha degenerado en una forma más de entretenimiento equiparable a otras y que lleva a percibirlo todo como meramente divertido. Por otro lado, en esta obra subyace también el riesgo del paternalismo: de que el asentimiento ante ésta venga por la buena conciencia que su logro social (incuestionable) nos provoca antes que por una experiencia estética genuina.
El placer inmediato de la buena conciencia representada. A la salida de la función se oían alabanzas expresadas en términos de autenticidad y de naturalidad de las actrices. El problema es que el teatro es fingimiento y artificio destinados a provocar una experiencia estética compleja, más allá de sentimientos primarios de emoción o empatía. La obra, por tanto, resulta interesante, y arriesgada, pero no estoy muy seguro de que no se esté produciendo aquí una confusión de órdenes (social, estético), y un trueque de lo anecdótico (quién interpreta) por lo esencial (la propuesta en sí), síntomas por otra parte característicos del arte en estos tiempos.
La casa de Bernarda Alba. TNT-El Vacie. Dirección: Pepa Gamboa
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